Muchas son las personas que ponen en contraposición la fe y la vida, lo humano con lo divino, la carne y el Espíritu. Lo temporal y la eternidad no parecen encontrar una armonía entre los dos, lo mortal parece ser un peso para lo trascendente, o lo eterno una imposibilidad para lo finito.
La fe, para poder ser, necesita de la vida. Tal como Jesús, el Espíritu de Dios necesita encarnarse en nuestra historia, caminar con su pueblo, habitar entre ellos, elevar lo humano y abajar lo divino. Esa labor de comunión no tiene en cuenta la división que hacen los que orgullosamente se hacen llamar “cristianos”, sin darse cuenta de que ese dualismo va totalmente en contravía a lo propuesto por el Mesías.
Nuestra fe es encarnada, pues para Dios la humanidad es tan importante y valiosa que su mismo hijo se humanizó; es histórica porque camina con lo que vivimos, se lee en el periódico y en la Biblia, y nos anima a seguir escribiendo nuevas páginas cada día; es pública porque no se vive para los adentros, es pregonera de buenas noticias y alegría, es respetuosa de todas las creencias y construye, con ellas, la mejor sociedad; y es comprometida porque no se queda en palabra muerta, sino que se mete al mundo para instaurar la justicia y la paz de Dios.
¡Cuánto daño nos han hecho esos “cristianos” que escatologizan la salvación! El Reino de Dios no está allá, en el final de los tiempos ¡NO! Aquel sueño de Jesús de Nazaret de crear un mundo de justicia e igualdad se logra aquí. No tenemos que esperar a que vuelva a bajar el Señor para nosotros poner nuestros puñados de arroz para aquellos que no tienen que comer, nuestros brazos en alto para pedir justicia por quienes la necesitan, nuestros oídos y bocas para tender puentes que favorezcan a los más necesitados.
No toda propuesta religiosa es cristiana, y muy frecuentemente estas propuestas son evasivas de cualquier compromiso con nuestro mundo y la historia. Esas propuestas son las que, durante años, han envenenado el corazón de tantos, haciendo que bendigan armas, callen injusticias, ignoren pobres, vulneren mujeres, ultrajen minorías, y muchas más abominaciones al proyecto salvífico del Cristo.
Necesitamos más Jesuses en nuestra historia, que salgan de la comodidad del cielo en que viven y bajen a luchar con quienes más lo necesitan, de esa fe en Cristo pobre y siempre cercano brota el interés real de la Iglesia por el desarrollo integral de los más abandonados de la sociedad. Creemos una nueva mentalidad que piense que nuestra fe está más arraigada en nuestra carne que cualquier otro vicio, que nuestro temporal debe ser usado para crear eternidad para muchos otros.
¡Hagamos de este mundo un pedacito del Reino en la tierra!