Participar en el retiro de medio día del CIRE fue una oportunidad para volver sobre mí misma, hacer silencio y disponerme a reconocer la presencia de Dios en mi vida. Hay algo profundamente necesario en estas pausas: en medio de lo que hacemos, de las responsabilidades que asumimos y de los ritmos que nos van llevando de una cosa a otra, necesitamos espacios para detenernos, examinar y volver a mirar la vida desde dentro. No tanto para encontrar respuestas nuevas, sino para recuperar la capacidad de reconocer a Dios en aquello que vivimos, en lo que nos alegra, nos inquieta, nos mueve y nos habita.
Me resultó especialmente significativo el ejercicio de oración por anhelitos. Prestar atención a mi respiración, reconocerla como un lugar de encuentro y sentir allí la presencia de Dios fue una experiencia sencilla, pero muy profunda. Me llevo el descubrimiento —o quizás el recordatorio— de que puedo volver a esa forma de oración en cualquier momento y lugar. Que no hacen falta condiciones especiales ni grandes tiempos disponibles: basta la disposición de detenerse, atender y dejarse encontrar. Una manera de volver a la fuente incluso en medio de la vida ordinaria.
Valoro mucho que el CIRE nos ofrezca estas posibilidades de encuentro. No siempre podemos disponer de ocho días o de un mes para vivir los Ejercicios Espirituales, pero estas jornadas, aun en su brevedad, abren un espacio para recuperar la hondura de nuestra experiencia espiritual. Son pequeñas pausas que oxigenan la vida y la misión, que nos ayudan a no dar por descontado aquello que nos sostiene y que renuevan el sentido de caminar juntos como Cuerpo Apostólico de la Compañía de Jesús. Porque también necesitamos cuidar y alimentar la fuente desde la que nace todo lo que somos y hacemos.
Laura Perdigón – Secretaria Ejecutiva de Planeación


